Dimanche 31 mai 2026
Commentaire Jean 3, 16-18

Pour La Vie l’Hebdo

Croire, vocation d’humanité

Un monde sans pitié, une domination militaire cruelle, des persécutions, tel le milieu où vit Jean l’évangéliste à la fin du 1er siècle. Rien d’idyllique, tout au contraire, de grandes épreuves. Notre monde d’aujourd’hui est au moins aussi destructif, barbare, sans foi ni loi ; écrasant les plus fragiles ; avec des dirigeants à la puissance folle de nuisance, sans empathie.
Au cœur de cette angoissante et tragique réalité, la parole de Jean proclame à contre-temps une autre réalité, sans puissance, sans moyens de pression, de chantage, pourtant certaine : Notre Dieu aime ce monde et le sauve. Aujourd’hui toujours. Rien de moins.
Une parole essentielle de fondation du monde, du cœur de la nuit. Car nous sommes de nuit, celle où Nicodème vient trouver Jésus et cherche la lumière. C’est la nuit que le Christ révèle qui il est. Comme pour ne pas contraindre ni effrayer. Pour honorer les hésitations, les questions, les doutes, la complexité humaine ; comment naître d’en haut, à nouveau ? La réponse se décale. Là aussi laisser l’espace de l’interprétation, de l’interrogation, du pas de côté. Rien ici sur la morale, ni sur le dogme. Juste une affirmation : l’amour sans fin de Dieu pour ce monde le sauve. L’amour sans préalable, sans condition. Aucun jugement, pas de condamnation. Le Fils ne fait pas le tri, pas même entre les bons et les méchants ; il ne guette les faux pas de personne. Pourtant nous le savons, le monde, chez Jean l’évangéliste, est une réalité très mêlée, ambivalente, empêtrée même. Ce dès le prologue. Le Verbe était dans le monde, et le monde était venu par lui à l’existence, mais le monde ne l’a pas reconnu. Il est venu chez lui, et les siens ne l’ont pas reçu. (1,10) C’est bien ce monde blessé qui est aimé ; qui est sauvé. Nul autre. « Le pain que je donnerai, c’est ma chair, donnée pour la vie du monde. » (6, 51) Une réalité ambivalente, tourmentée, résistante, changeante, que Dieu aime et vient sauver. Nul purisme ici : le monde dans tous ses états. Nous-mêmes dans tous nos états, que notre Dieu, en son Fils, est venu sauver, une fois pour toutes, au prix de sa vie.
Qu’est-ce qui fait naitre à nouveau ? L’acte d’aimer qui se donne sans jamais imposer et moins encore s’imposer. Il n’a qu’un but, la vie vivante, libre. Et la vie éternelle. Non celle d’après la mort, mais qui s’enracine aujourd’hui, au creux de nos espérances, de nos chagrins ; au cœur du monde des humains, tel qu’il est. Une invitation, une supplique adressée à quiconque. A n’importe qui. Pas de passeport, pas de certificat de baptême nécessaires. Aucune restriction sociale, religieuse, morale, ethnique. Compte d’être ouvert, tel que nous sommes, cahin-caha. « Celui qui ne croit pas », c’est celui qui refuse l’ouvert, ne se tient qu’en lui-même et pour lui-même. Le jugement c’est quand nous fermons les yeux sur le malheur, l’injustice, le juste persécuté, opprimé. Quand nous ne voulons pas voir les plaies du ressuscité.
Croire, pour notre évangéliste, n’est pas adhérer à des doctrines, mais une relation, une action, un mouvement de confiance. La philosophe Simone Weil écrit : « Le croire n’est pas un acte de la pensée, mais du corps tout entier, et de l’âme qui est liée au corps. » Croire, c’est ainsi consentir à être un corps fini, limité, vulnérable, et à travers lui, à éprouver le contact avec le réel, comme le Fils.
Ainsi naitre d’en haut, c’est passer par l’en-bas. Par le corps, la terre, par les humains en vrai, par l’humanité qui est celle-là même de notre Dieu en son Fils. Lui qui aime à nous en bouleverser. Comme les 19 témoins d’Algérie dont nous célébrons le 30e anniversaire de leur assassinat, qui avaient, chacune, chacun, décidé que leurs vies resteraient mêlées avec celles de tous, auprès de « leur ami malade ». Si naître d’en haut, c’était accomplir cette vocation qu’est d’être appelé à devenir des humains, désarmés, comme le Fils la récapitule, en l’accomplissant totalement.

Véronique Margron, op.

Domingo, 31 de mayo de 2026
Comentario sobre Juan 3, 16-18

Para La Vie Hebdo

Creer, una vocación de humanidad

Un mundo sin piedad, una dominación militar cruel, persecuciones: ese es el contexto en el que vive Juan el evangelista a finales del siglo I. Nada de idílico; al contrario, grandes pruebas. Nuestro mundo actual es, como mínimo, igual de destructivo, bárbaro, sin fe ni ley; aplasta a los más frágiles y está gobernado por dirigentes con un inmenso poder para causar daño, carentes de empatía.

En el corazón de esta realidad angustiosa y trágica, la palabra de Juan proclama, a contracorriente, otra realidad. Una realidad sin poder, sin medios de presión ni de chantaje, pero absolutamente cierta: nuestro Dios ama este mundo y lo salva. También hoy. Nada menos.

Es una palabra esencial, fundadora, pronunciada desde el corazón de la noche. Porque estamos en la noche, la misma noche en la que Nicodemo acude a Jesús en busca de luz. Es de noche cuando Cristo revela quién es. Como si no quisiera imponer ni asustar. Como si respetara las vacilaciones, las preguntas, las dudas y la complejidad humana. ¿Cómo nacer de lo alto, nacer de nuevo?

La respuesta se desplaza. También aquí se deja espacio para la interpretación, la pregunta y el rodeo. No se habla de moral ni de dogmas. Solo se afirma una cosa: el amor infinito de Dios por este mundo lo salva. Un amor sin condiciones previas, sin exigencias. Ningún juicio, ninguna condena. El Hijo no clasifica a las personas, ni siquiera entre buenos y malos; no está esperando los errores de nadie.

Sin embargo, lo sabemos: para Juan, el mundo es una realidad profundamente mezclada, ambivalente, incluso enredada en sus contradicciones. Ya aparece así desde el prólogo: «La Palabra estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, pero el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron» (Jn 1,10).

Y es precisamente este mundo herido el que es amado. Este mundo es el que es salvado. Ningún otro.

«El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6,51).

Una realidad ambivalente, atormentada, resistente y cambiante que Dios ama y viene a salvar. No hay aquí ningún purismo: es el mundo en todos sus estados. Somos nosotros mismos en todos nuestros estados, a quienes Dios, en su Hijo, ha venido a salvar de una vez para siempre, al precio de su propia vida.

¿Qué es lo que hace nacer de nuevo? El acto de amar que se entrega sin imponerse jamás y menos aún imponiendo su poder. Solo tiene una finalidad: la vida plena, libre. Y la vida eterna. No la que comienza después de la muerte, sino la que echa raíces hoy, en lo profundo de nuestras esperanzas y de nuestras tristezas; en el corazón mismo del mundo humano tal como es.

Es una invitación, una súplica dirigida a cualquiera. A cualquier persona. No hace falta pasaporte ni certificado de bautismo. No existe ninguna restricción social, religiosa, moral o étnica. Basta con estar abierto, tal como somos, avanzando como podemos.

«El que no cree» es aquel que rechaza la apertura, que permanece encerrado en sí mismo y para sí mismo. El juicio aparece cuando cerramos los ojos ante la desgracia, la injusticia, el justo perseguido y oprimido. Cuando no queremos ver las heridas del Resucitado.

Para nuestro evangelista, creer no significa adherirse a doctrinas, sino entrar en una relación, realizar una acción, dar un paso de confianza. La filósofa Simone Weil escribió: «Creer no es un acto del pensamiento, sino del cuerpo entero y del alma unida al cuerpo».

Creer es aceptar ser un cuerpo finito, limitado y vulnerable, y, a través de él, experimentar el contacto con la realidad, como hizo el Hijo.

Así, nacer de lo alto pasa por atravesar lo de abajo. Por el cuerpo, por la tierra, por los seres humanos reales, por esa humanidad que es precisamente la humanidad de nuestro Dios en su Hijo. Él, que ama hasta conmovernos profundamente.

Como los diecinueve mártires de Argelia, cuyo trigésimo aniversario de su asesinato celebramos este año, y que habían decidido que sus vidas permanecerían entrelazadas con las de todos, junto a «su amigo enfermo».

¿Y si nacer de lo alto consistiera en realizar esta vocación: ser llamados a convertirnos en seres humanos desarmados, tal como el Hijo lo resume y lo lleva a su plenitud?

Véronique Margron, O.P.